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El siglo que se enamoró de la humanidad… pero dejó de tolerar humanos

Por: Leonardo Bermudez / LeoNoticias.

Diseño: Leo Noticias
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Celebramos derechos humanos como quien colecciona estampitas: las admiramos, las exhibimos en redes sociales, sin la incómoda exigencia de hacerlas carnales. Porque amar a La Humanidad —esa abstracción luminosa, ese concepto filosófico perfecto— es infinitamente más fácil que tolerar a los humanos reales: torpes, contradictorios, profundamente molestos.

Nos pronunciamos por la paz mientras declaramos guerra a quien discrepe. Predicamos empatía universal pero practicamos carnicería selectiva. Somos la generación más "inclusiva" de la historia, hasta que alguien sale de nuestra tribu moral. Entonces lo expulsamos al ostracismo digital con la eficiencia de un inquisidor equipado con wifi.

La paradoja es brutal: cuanto más abstracta se vuelve nuestra humanidad, más concreto se vuelve nuestro desprecio.

No somos los primeros en esta trampa

La Ilustración proclamó derechos del hombre mientras sostenía la esclavitud. El cristianismo predicó amor universal mientras encendía hogueras. El socialismo prometió fraternidad internacional mientras llenaba gulags. El capitalismo celebró libertad individual mientras convertía niños en engranajes de fábricas. Las democracias liberales declararon igualdad ante la ley mientras negaban el voto a mujeres, negros, pobres.

Cada época, cada ideología tuvo su versión del universalismo selectivo: todos somos hermanos, excepto los herejes, los salvajes, los contrarrevolucionarios, los improductivos, los que piensan incorrecto.

Nuestra innovación no es la hipocresía. Es la velocidad. Lo que antes tomaba siglos —convertir al diferente en enemigo, al adversario en monstruo— ahora ocurre en 280 caracteres. Perfeccionamos el arte de deshumanizar mientras hablamos de derechos humanos.

Pero aquí viene la pregunta incómoda

¿Qué pasa con quienes realmente merecen ser combatidos? ¿Qué hacer con el genocida, el racista violento, quien apoya la masacre? ¿Acaso no merecen ser expulsados de la conversación civilizada?

La respuesta fácil es: sí, claro que merecen consecuencias. Un genocida merece juicio, cárcel, que se le impida seguir haciendo daño. Eso no es deshumanización, es justicia.

Pero aquí está el truco perverso que desarma todo discurso moral: ¿quién decide quién es el genocida?

Para unos, Hamás son terroristas genocidas. Para otros, Israel es un Estado genocida. Para Ucrania, Rusia comete crímenes de guerra. Para Rusia, se defienden de agresión occidental. En Colombia: ¿FARC, paramilitares, Estado? Depende de a quién preguntes.

Cada bando tiene sus víctimas. Cada narrativa tiene su verdad. Y aquí es donde la deshumanización se vuelve arma universal: todos creen tener el derecho moral de deshumanizar al otro, porque todos creen que el otro es el verdadero monstruo.

El problema no es que tengamos convicciones. El problema es que usamos esas convicciones como licencia para la expulsión ontológica. No solo combatimos ideas peligrosas, convertimos a quienes las sostienen en no-humanos. Y cuando haces eso, pierdes dos cosas críticas:

  1. La posibilidad de que alguien cambie (un monstruo no se redime, un humano equivocado sí puede)

  2. La capacidad de entender por qué alguien llegó ahí (y por tanto, cómo prevenir que otros lleguen)

El ego impide ver la verdad, es cierto. Pero también impide reconocer que no la tenemos completa.

Esto no es un llamado al relativismo blando. No estoy diciendo "todos los lados son iguales" o "no existen hechos". Estoy diciendo algo más difícil: que incluso cuando tienes razón, la forma en que tratas a quien está equivocado define si estás construyendo justicia o venganza disfrazada de moral.

Los nazis fueron juzgados en Núremberg como humanos responsables de sus actos, no como bestias. Esa fue la revolución moral del siglo XX: afirmar que incluso los monstruos son humanos, y por eso responden por lo que hicieron. Deshumanizarlos hubiera sido más fácil, más visceralmente satisfactorio. Pero hubiera destruido el fundamento mismo del derecho internacional.

Entonces, ¿hay salida?

Quizá comience por reconocer que la virtud no está en la causa que defendemos sino en cómo tratamos a quien la cuestiona. Que el verdadero examen moral no es qué tan indignados nos sentimos, sino qué tan rápido convertimos indignación en excomunión.

La propuesta es incómodamente simple: recuperar la distinción entre adversario y enemigo. Entender que alguien puede estar profundamente equivocado sin dejar de ser humano. Que disentir no es traicionar. Que la complejidad no es cobardía.

Esto significa sostener convicciones firmes sin necesidad de aniquilar moralmente a quien no las comparte. Aprender nuevamente el arte perdido de disputar sin deshumanizar. Combatir ideas peligrosas sin expulsar de la categoría "humano" a quien las sostiene.

¿Es posible? Honestamente, no lo sé.

Tal vez la deshumanización sea psicológicamente inevitable cuando enfrentamos maldad extrema. Tal vez el ego nunca permita ver la verdad completa. Tal vez cada época esté condenada a repetir el mismo ciclo: proclamar universalismo mientras practica exclusión.

Pero si no intentamos romper ese patrón, si seguimos creyendo que nuestro universalismo selectivo es diferente porque esta vez sí tenemos razón, entonces el futuro será simplemente más eficiente en su barbarie.

Porque cualquiera tolera lo que le resulta agradable. Lo revolucionario —lo verdaderamente transformador— es reconocer humanidad incluso en quien nos incomoda profundamente, en quien creemos equivocado, en quien incluso consideramos peligroso.

El futuro no se medirá por cuántos derechos proclamamos, sino por cuántos enemigos dejamos de fabricar.

Hablar de humanidad es fácil. Lo difícil es practicarla con humanos reales: complejos, contradictorios, a veces intolerables. Quizá ese sea el único universalismo que vale la pena: el que no necesita excluir para existir.

Y si eso suena imposible, quizá sea porque lo es. Pero la alternativa —seguir perfeccionando nuestra capacidad de deshumanizar con lenguaje de derechos humanos— ya sabemos a dónde conduce.

La historia lo ha demostrado suficientes veces.

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