Por qué se van los colombianos: economía, miedo e ilusión en la mayor diáspora de nuestra historia
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Por Leo Noticias | Análisis editorial
Hay una escena que se repite en aeropuertos de Bogotá, Medellín y Barranquilla: familias despidiendo a alguien con maletas grandes y la expresión particular de quien no sabe cuándo va a volver. Ese momento se multiplicó de forma inédita en los últimos años. Entre 2022 y 2024, Colombia registró la salida definitiva de 1,33 millones de sus ciudadanos, según cifras del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC) y Migración Colombia. Es la cifra más alta desde que existen registros.
Pero la pregunta que pocas veces se responde con rigor es: ¿por qué? No en el sentido genérico de «buscan una mejor vida», sino en el sentido específico: qué condiciones concretas de la sociedad colombiana producen ese movimiento masivo y sostenido de personas. Este análisis busca responder esa pregunta con datos.
La brecha salarial: la razón que lo explica casi todo
El salario mínimo en Colombia llegó en 2024 a aproximadamente 335 dólares mensuales, según datos comparativos de organismos internacionales. El salario promedio en Estados Unidos supera los 77.000 dólares anuales —unos 6.400 dólares al mes—, de acuerdo con la OCDE. La diferencia no es de grados: es de escala.
Esa brecha produce una consecuencia que los economistas llaman arbitraje laboral: el mismo trabajo, con las mismas habilidades, rinde entre cuatro y diez veces más en los países destino que en Colombia. Un conductor, una enfermera, un programador o un empleado de servicio al cliente puede ganar en España o en Estados Unidos lo que en Colombia le tomaría años acumular.
La encuesta de la firma CID Gallup encontró que el 48% de los colombianos tiene interés en migrar, con la estabilidad económica como motivación central. No se trata de ambición desmedida. Se trata de una ecuación racional: el mismo esfuerzo, multiplicado por una diferencia de contexto.
El Banco de la República documentó que en 2024 las remesas enviadas por colombianos en el exterior superaron los 11.800 millones de dólares, representando el 2,8% del PIB nacional —el nivel más alto en la historia del país—. Para ponerlo en perspectiva: hace una década, esa cifra equivalía apenas al 1,1% del PIB. En junio de 2024, las remesas superaron por primera vez los 1.000 millones de dólares en un solo mes. Ese dinero es la prueba más contundente de que la migración funciona económicamente para quienes la emprenden.
El problema no es el salario mínimo: es lo que hay debajo
Colombia tiene uno de los índices de desigualdad más altos del mundo. El coeficiente Gini del país se ubica en 54,8 según datos del Banco Mundial para 2023, superado globalmente solo por países como Sudáfrica y Namibia. Eso significa que la riqueza está concentrada de una forma que impide que el crecimiento económico se distribuya entre quienes trabajan.
A eso se suma la estructura del mercado laboral. Según el DANE, en 2024 el 55,4% de la fuerza laboral colombiana trabajaba en condiciones de informalidad —sin contrato formal, sin seguridad social, sin pensión—. En zonas rurales esa cifra sube al 83%. Barranquilla, la cuarta ciudad del país, registra tasas de informalidad del 60% en sus áreas metropolitanas.
La informalidad no es solo una estadística: es la condición estructural que hace que el trabajo duro no se acumule. Un trabajador informal no construye historial pensional, no tiene acceso a crédito formal, no tiene estabilidad contractual. Trabaja, pero no progresa en el sentido en que el sistema promete que lo haría.
La Universidad Javeriana publicó en 2024 un análisis de diez años del mercado laboral colombiano con una conclusión contundente: "en términos reales, los salarios promedio no han mejorado significativamente en comparación con el salario mínimo, lo que indica una falta de eficiencia en la economía colombiana". En palabras simples: los colombianos trabajan más pero no ganan más.
Lo político y lo institucional: la incertidumbre como expulsora
La economía explica la mayoría de la migración, pero no toda. Hay un factor que los estudios identifican con creciente frecuencia: la incertidumbre institucional. No se trata de que Colombia sea un Estado fallido —no lo es—, sino de que una porción significativa de ciudadanos no confía en que las reglas del juego vayan a mantenerse estables.
Esa desconfianza tiene raíces históricas: décadas de corrupción documentada en todos los niveles del Estado, cambios abruptos de política económica según los ciclos electorales, y una polarización política que convierte cada elección presidencial en un momento de ansiedad colectiva. La percepción —fundada o no en cada caso específico— de que el país puede cambiar sus reglas de un gobierno a otro desincentiva la inversión personal a largo plazo.
Para quien está pensando si construir su futuro en Colombia o en otro lugar, esa incertidumbre es un factor real en la ecuación. Migrar es, entre otras cosas, una apuesta por la previsibilidad.
La seguridad: una mejora real que no alcanza para todos
Colombia de 2024 es un país más seguro que el de 2004. Eso no es propaganda: es una realidad documentada en tasas de homicidio, secuestros y presencia guerrillera. La transformación ha sido significativa, especialmente en grandes ciudades.
Sin embargo, esa mejora estructural convive con realidades que siguen siendo expulsoras para familias concretas: extorsión sistemática a pequeños negocios en múltiples ciudades, criminalidad urbana concentrada en barrios de estratos bajos, y presencia persistente de grupos armados en regiones que siguen fuera del control efectivo del Estado.
Para muchos colombianos, especialmente en ciudades intermedias o zonas periurbanas, la pregunta no es si Colombia es «peligrosa» en abstracto, sino si su barrio específico, su negocio específico o su familia específica está a salvo. Y ahí la respuesta es con frecuencia negativa.
Los hijos: la razón más poderosa y menos reconocida
Existe una variable que los datos capturan mal pero que aparece de forma constante en los testimonios de migrantes: muchos no se van por ellos mismos, sino por sus hijos.
La educación pública en Colombia tiene calidad heterogénea. Un niño en Bogotá con acceso a un buen colegio distrital tiene posibilidades distintas a un niño en un municipio mediano con un colegio sin recursos. La universidad pública es de calidad en Colombia —las grandes instituciones públicas están bien rankeadas— pero el acceso está mediado por exámenes competitivos y por la preparación previa, que depende del colegio de origen.
En países como España, Canadá o Australia, la educación pública es más homogénea. El hijo de un migrante con visa de trabajo puede acceder a un sistema educativo sin pagar matrícula, con calidad relativamente uniforme, y con la posibilidad de obtener residencia y eventualmente ciudadanía. Eso no es un sueño abstracto: es un plan de vida concreto para millones de familias colombianas.
El efecto cadena y la «aspiración migratoria»
La sociología de la migración identifica un fenómeno que amplifica los flujos una vez que comienzan: la migración en cadena. Cuando alguien en una familia, un vecindario o una comunidad migra exitosamente, reduce el riesgo percibido para los que vienen después. Conoce los trámites, puede dar alojamiento temporal, puede orientar en la búsqueda de empleo. La migración deja de ser una aventura individual y se convierte en un proceso social con infraestructura.
A eso se suma lo que los académicos llaman aspiración migratoria: la exposición a través de redes sociales y contactos al nivel de vida que los migrantes llevan en el exterior genera una nueva comparación de referencia. El colombiano en Barranquilla que ve en Instagram a su primo en Madrid no se compara solo con sus vecinos: se compara con lo que su primo vive. Esa comparación moviliza.
La OCDE clasificó a Colombia en 2024 como el país con el mayor aumento en solicitudes de asilo en países miembros. En 2023, solo en Estados Unidos, los colombianos presentaron 203.000 solicitudes de asilo —superados solo por venezolanos—. Eso no significa que todos sean refugiados en el sentido técnico: refleja también que muchos colombianos usan cualquier vía disponible para acceder a un sistema que les ofrezca lo que Colombia no les da.
¿Adónde van?
Los datos de la OCDE y Migración Colombia para 2024 muestran el siguiente panorama de la diáspora colombiana:
Estados Unidos: 1.043.200 colombianos residentes. Principal destino histórico y actual. La presencia colombiana en ciudades como Miami, Nueva York y Houston es estructural, con décadas de consolidación.
España: 715.700 colombianos residentes, el segundo grupo de inmigrantes más grande del país después de los marroquíes. El idioma compartido y la herencia cultural facilitan la integración.
Chile: 189.500 colombianos. Destino regional que creció aceleradamente en la última década, aunque en años recientes las restricciones migratorias chilenas han moderado el flujo.
México: 32.000, y Costa Rica: 25.500. Destinos de tránsito o de establecimiento regional para colombianos que buscan opciones más cercanas.
En crecimiento: Canadá, Australia, Portugal y el Reino Unido concentran cada vez más colombianos con estudios universitarios. Colombia es la tercera nacionalidad de estudiantes extranjeros en Australia, detrás de China e India.
Lo que pocas veces se dice
La narrativa pública tiende a tratar la migración como un drama —el país que expulsa a su gente— o como un triunfo individual —el colombiano que triunfa afuera—. Ambas visiones capturan algo real, pero ambas son incompletas.
Lo que los datos muestran es algo más matizado: la mayoría de los migrantes colombianos no huye de nada en particular. No hay una guerra que los expulsa, ni una persecución política en la mayoría de los casos. Lo que ocurre es una acumulación de condiciones —salarial, institucional, educativa, de seguridad— que produce una decisión racional: irse.
Y esa racionalidad incluye el afecto. Según encuestas de la OIM y estudios de Migración Colombia, la mayoría de migrantes colombianos mantiene vínculos fuertes con el país de origen, envía dinero, regresa de visita, y en muchos casos planea regresar. La migración circular —irse, volver, volver a salir— es un patrón establecido.
La cifra que mejor resume esa ambivalencia es esta: en 2024, 1,88 millones de colombianos que viven en el exterior regresaron de visita al país durante el año. Van a sus familias, a sus ciudades, a sus afectos. Y luego vuelven a irse. No porque no amen a Colombia, sino porque Colombia todavía no les ofrece lo mismo que encuentran afuera.
El éxodo como diagnóstico
La migración masiva de colombianos no es un fenómeno que pueda explicarse con una sola causa ni resolverse con una sola política. Es el resultado de décadas de un modelo económico que no distribuyó suficientemente, un mercado laboral que no formalizó a la mitad de sus trabajadores, instituciones que no generaron la confianza necesaria para apostar el largo plazo en el país, y un sistema educativo que no homogeneizó las oportunidades.
Entender por qué se van los colombianos es, en el fondo, un ejercicio de diagnóstico sobre el país que se quedó. Las remesas que llegan —más de once mil millones de dólares al año— son al mismo tiempo un sostén de la economía y una evidencia de un fracaso estructural: el país necesita que sus ciudadanos se vayan para que les alcance el dinero.
Eso no es un juicio moral sobre quienes migran. Es un dato sobre el estado del contrato social en Colombia.




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